La costa croata tiene tantos encantos como islas conforman su personalidad y su mapa. Partiendo desde la cinematográfica e histórica ciudad de Split, Arantxa Neyra cruza en ferry a las islas de Vis, Hvar y Brač en busca de playas de infarto, arquitecturas impolutas y una gastronomía forjada durante siglos con todo tipo de influencias mediterráneas.
Esta nueva potencia turística europea tiene sus murallas de Dubrovnik, las ganas de Zagreb, las playas salvajes del Adriático y los tonos turquesa de Plitvice. Su afán renovador y revitalizador se ha asentado también en pequeños pueblos donde nadie, ni las guerras tan siquiera han podido negar la belleza natural y su armonía con la Humanidad. Y las tonalidades son las esperadas: azulérrimo marino, naranja teja y ocre pedregoso, pero no por ello deja de sobrecoger. En pequeñas dosis, Croacia sabe incluso mejor